jueves, 12 de octubre de 2017

Crecer también era esto.

Ya no preguntan por mí en los bares y aquellos que cierro ahora lo hago casi por descuido. Tampoco cuento las copas a partir de la tercera o la cuarta, ni enarbolo a Schopenhauer cuando duele y a Sabina cuando quiero que duela. Podría decirse que he madurado, que me he reformado, que ya no hay rincones que huelan a tabaco ni a colonia de caballero. Por no haber, no hay folios, ni palabras en ellos, que a quienes eran humo y aroma se deban. Te diría una última vez, una última vez como siempre por estas fechas, que no sabes lo que me alegra tenerte tan lejos. Y aun siendo sincera, no sé a quién le estaría hablando: si al que fue el amor de mi vida o a quien ya peina canas.
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Suena: Recuerdo, Ismael Serrano.
Desde mi ventana: la oscuridad de una de esas noches en las que, sin saber cómo, hemos cerrado los bares. A veces pienso que, como en la canción, preguntaré y...


jueves, 21 de septiembre de 2017

Poema para el septiembre número cuatro

Como cada septiembre, 
me nacen las palabras de las yemas.


Hoy que septiembre ya sabe casi a otoño,
que refrescan las noches,
y oscurecen antes los días.

Hoy que el verano suspira casi ausente,
que se balancean las hojas,
y emprenden su vuelo las aves.

Hoy que esta ciudad,
mi ciudad,
ya no es la tuya,
aunque nunca deje de serlo.

Hoy,
sí, también hoy,
estos dedos escriben,
me vacían y te extrañan.
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Suena: Melancholy Mood, Bob Dylan.
Desde mi ventana: hoy las ventanas son translúcidas. La silla junto a mí, la que ocupabas y desde la que me mirabas de reojo y yo sonreía, esa silla está ahora vacía.

jueves, 13 de julio de 2017

¿Por qué tendrás que crecer?

¿Por qué tendrán que crecer los niños a los que cuidamos? Esos mismos que venían corriendo torpemente y se abrazaban a nuestras piernas y nuestro torso; los mismos a los que agarrábamos la mano para cruzar los pasos de cebra y saltarnos los semáforos en rojo. Esos niños que ahora se muestran esquivos con las caricias porque han crecido y parecen no necesitar ya nuestros cuidados, que nuestros besos y consejos son recibidos con cierta pesadez; pero lo entiendes y aunque lo entiendes, no deja de ser un dolor punzante que sólo experimentas con y por ellos. ¿Por qué tendrán que crecer?
¿Por qué tendrás que crecer? Me pregunto mientras te miro y te escucho hablar y pienso en todos los dragones que no te pude matar, en esas batallas encarnizadas del día a día, en el camino que antes que tú he transitado por algo tan tonto como haber nacido primero. Tú me cuentas cómo de feroces son sus fauces, cuánto de ese fuego alcanzó tu cuerpo, cómo vas a luchar esta vez y brindamos por eso. Pero también te ríes de ti, de las cosas de la vida, de nosotros, y tu risa repara los años que van pasando. Y entonces me hablas de tus planes, de los tesoros escondidos que esta vez vas a buscar sin mí, y es que no podría ser de otra manera: al fin y al cabo, estos mapas ya son sólo tuyos. Tal vez, pueda darte alguna pista, algún empujón, proveerte de víveres para la larga travesía y aguardar paciente tu regreso y las historias de aquello que encontraste por el camino. Suspiro y tú me preguntas si estoy cansada, niego y pedimos otra ronda. ¿Por qué tendrás que crecer?
Sin embargo, también te miro y me siento orgullosa del hombre en el que te has convertido, en el que te estás convirtiendo, en el que ninguno conocemos aún, pero que empieza a asomar y nos gusta, aunque a veces nos saque de quicio a los dos. Me dan ganas de abrazarte y no soltarte nunca, volver a construir fuertes con los cojines, con las mantas o las toallas, volver a jugar dentro de las cajas de cartón o con la pelota. Retornar a los días eternos de la infancia cuando ansiábamos ser mayores. Y ahora mírame, preguntándome una y otra vez por qué demonios tendrás que crecer tanto y, sobre todo, tan rápido.
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Suena: I’ll stand by you, The Pretenders.
Desde mi ventana: tengo la mosquitera bajada y, a través del cristal, el paisaje de siempre se dibuja en cada uno de los pequeños cuadraditos de la tela metálica. Como es por la tarde y hace calor, una luz fuerte lo envuelve todo.

jueves, 29 de junio de 2017

Molinillo de viento.

Qué difícil habrá sido, amor mío, dejar desnudas las estanterías, los cajones y los armarios; qué ajenas y extrañas se habrán vuelto las paredes y las habitaciones. Como despojado un cuerpo de su carne, así de esquelético se habrá quedado el piso, convertido ahora sólo en mármol y muebles, un sofá, un televisor, un balcón cerrado al que ya nunca más nos asomaremos. Pensé tantas veces en fotografiar aquellas vistas y ninguna lo llevé a cabo... Y aquel molinillo de colores en el edificio de enfrente seguirá girando, aunque no sea yo quien se detenga y lo observe y se deleite y vuelva a los jardines de la infancia. Qué difícil, amor mío, vivir en una constante despedida, este arrojo sin piedad a la cuenta atrás; otra vez, otro junio más. Quizá por eso he deshecho las bolsas donde ayer vacié mis rincones: el primer cajón de la mesilla, un par de calcetines del segundo, algo de ropa en la silla, un par de perchas en el armario, el hueco en el aparador del salón, la manta que arropaba nuestras siestas, el secador del cuarto de baño, los tés en la cocina y el infusor que olvidé y reposa y me espera entre tus cosas. Ahora mi cuarto huele a limpio y todos esos objetos pródigos han encontrado de nuevo un lugar en esta casa; hay quién dirá que han vuelto a su sitio y qué equivocación… Dime tú, amor mío, qué hago yo con dos cepillos para el pelo o dos barras de labios moradas del número 42.
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­­­­­­­­­­Suena: la ventana abierta, algún trino distraído, el rumor de agua.
Desde mi ventana: el cielo está azul y no hay nube que cosa jirones a su estampa. Por fin este calor nos da algo de tregua y sopla el viento, el aire fresco, y en frente de aquella que fue nuestra ventana seguro que el molinillo sigue girando como si nada.

jueves, 18 de mayo de 2017

Con la dulzura de una nostalgia cogida a tiempo

-¿Te acuerdas -me dirás pausada- de cuando teníamos que correr a buscar en los libros las frases subrayadas, los poemas marcados, las palabras a lápiz y las esquinas dobladas para saber quiénes éramos?
Te escucharé y sonreiré con la dulzura de una nostalgia cogida a tiempo, como cae la tarde cuando nada se espera y todo duele y todo se recuerda. Probablemente me mire las yemas de estos dedos tan acostumbrados a cortarse al pasar las páginas, tan apegados a la herida breve que no se sabe cuándo, pero que, al final, siempre cicatriza. Tamborilearán disimulando sobre una taza de té o un botellín de cerveza. Y cuando la lengua me roce el paladar y la palabra vaya a posarse en mis labios, los tuyos -siempre tan rápidos y tan envenenados- dibujarán un mohín justo antes de callarme para decir:
-Pues esas frases, los poemas marcados, las palabras a lápiz y aquellas esquinas dobladas ya no nos cuentan. Hemos dejado de ser sus historias y no sé si me quedan fuerzas para crear otras nuevas.
Te miraré con el pecho partido en dos, regado puede que en teína o puede que en alcohol.
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Suena: el tic-tac del reloj, el trino de los pájaros, algunos coches y estas teclas que se arrastran lentas.
Desde mi ventana: el cielo está azul y no hay rastro de nieve en la Sierra.

lunes, 8 de mayo de 2017

Reseña de "Mi propia ingravidez" en la Revista Literaria "Cruz de Piedra"

¡Empezamos bien la semana! Os comparto una nueva reseña de Mi propia ingravidez, recogida en la sección "Seis libros: seis razones para leer" de la Revista Literaria Cruz de Piedra, nº 48 (Enero 2017). Dice así:

"Con Mi propia ingravidez, Isabel Motos nos invita a mirar por nuestras ventanas a lo largo de cuarenta y siete deliciosos relatos. Desde la suya, Isabel describe el paso del tiempo en esa conocida dualidad estacional y vivencial. Sus escritos, estructurados en secciones de títulos muy sugerentes -como "El paso de los días" o "Las ausencias y el deseo"-, son una ocasión constante para la reconciliación de la autora con sus palabras; palabras indisciplinadas que a veces huyen y necesita del amor -otro tema fundamental- para hacerlas regresar. Rodolfo Serrano lo prologa y dice que es todo él un ramillete de nostalgia [...] capaz de traernos en cada una de sus estampas el aliento perfumado de una adolescencia siempre habitda. [...] De cuidada y trabajada escritura. Trabajada como se trabaja el amor, con la tibia caricia de las manos y el corazón. Dedicado a sus padres, que le enseñaron a leer y llenaron su cabeza de libros y pájaros, Mi propia ingravidez es un bello homenaje a la palabra escrita y leída.