jueves, 8 de febrero de 2018

Soledades


 La soledad es el eco de mis propios ruidos en un piso vacío, la oquedad de las habitaciones frías y la intrusión violenta de esas otras vidas, las de los vecinos. Es también el rumor de un televisor encendido e ignorado mientras preparo algo de comer. O esa falsa compañía de algunas canciones aleatorias que se reproducen en bucle, el modo en que un estribillo asalta los labios y quiebra el silencio. ¡Cómo suena la voz propia cuando ni siquiera una es interlocutora! Esa soledad desangelada de los lugares que todavía no han sido habitados, ¡cómo se evidencia y agrieta a una misma vez! Y, sin embargo, una tarde despierto en el sofá sin ser consciente de cuándo caí rendida y otra mañana abro los ojos en un dormitorio que ya no es tan ajeno ni me provoca sorpresa o desconcierto. De pronto, los armarios han dejado de estar vacíos, los papeles y los libros han invadido toda superficie y hay tazas de té sobre el escritorio y agua hirviendo en la cocina. Entonces, la soledad vuelve a ser lo que era antes de descubrirla como ruidos delatores de mi presencia, y dejo de andar fugitiva de mí misma. Me siento un rato, le escribo y charlamos. Desde una esquina la Musa me mira con la sonrisa callada. Las dos lo sabemos: este piso está empezando a ser casa.
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Suena: algunas canciones aleatorias que se reproducen en bucle.
Desde mi ventana: ha caído la noche y todo es oscuridad sobre un patio de naranjos en Cáceres.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Ciclogénesis explosiva

Ahora que mi ciudad se ha vuelto otoño
y por fin llueve,
y se colman los diarios y las bocas
con la ciclogénesis explosiva,
como si nunca hubieran contemplado
la turbulencia de un derrumbe
-acaso son estas ruinas encharcadas
una mala costumbre sólo mía-,
y revolotean las hojas
y algunas caen sobre estos hombros,
tan encogidos por el frío,
que tiemblan porque es temprano
y el manto húmedo de la noche
nunca supo ser abrigo.

Ahora
-te decía-,
que es diciembre,
las luces serpentean los cielos y las calles,
y el año es el suspiro breve del cansancio,
mi mano derecha,
la misma que garabatea estas líneas,
pasea desnuda sus dedos y se interroga
por el destino del guante blanco,
seguramente ya sucio además de perdido.
¿Quién lo mirará con la desazón que
provocan los guantes y los zapatos de bebé
extraviados sobre las aceras?

Y pese a tanta orfandad y tristeza,
fíjate que lo peor sigue siendo lo siempre:
no saber cómo soportar,
en plena ola de frío,
el calor de mi mano izquierda.
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Suena: la lluvia contra los cristales de la ventana traslúcida.
Desde mi ventana: las primeras palabras me asaltaron caminando por una calle cubierta de hojas marrones y amarillas, el resto fue cosa de la lluvia y, por supuesto, del momento incierto en el que mi guante derecho decidió descubrir el mundo más allá del bolsillo del abrigo.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Biografía

Hoy es uno de esos días tristes en los que una escribe cosas tristes, aunque sea feliz, porque mira por la ventana y el cielo está entre añil y gris, y el humo de las primeras chimeneas se confunde con las nubes y parece que vaya a llover, pero no llueve, aunque la humedad envuelva la calle y la casa, y no se sepa dónde hace más frío: si fuera o dentro, entre los huesos y todas esas posibilidades que la vida dejó colgadas a un roce de los dedos.
Parece que va a llover, pero no.
Y esa frase también parece encerrar dentro de sus palabras toda una biografía.
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Suena: Remember me (OST).

Desde mi ventana: cualquiera diría que va a llover y, ya ves, cualquiera se equivocaría.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Riada

Como aquel asno torpe que muere de inanición estando a una misma distancia de idénticos montones de heno, incapaz de decantarse por uno, así miraba yo a mi pasado y a mi futuro: triste y hambrienta. Uno, recorrido, y otro, promesa, no dejaban de ser riada, lluvia torrencial tardía, y este campo mío, este pobre erial, se desbordaba y yo, impasible, lo miraba. Posaba mis ojos sobre esta tierra igual que si fuera patria ajena, desconocida, pero carente de toda curiosidad o sorpresa. ¿Qué van a contarme estas venas sobre la sangre que llevan, si fue su murmullo el que propagó esta soledad, esta hambre, esta tristeza? ¿Qué sabrán unas lágrimas de todo un mar? Y late el corazón y se seca la boca, y hay preguntas que se quedan sin respuesta.
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Suena: un bolígrafo rasgando el papel, alguien que pasa unos folios y estas teclas que no paran.
Desde mi ventana: esta ventana, traslúcida, hace rato que ya no deja entrar ningún rayo de sol furtivo. En la biblioteca, a estas horas en las que escribo, todo son sillas vacías y me ronda el pensamiento aquel verso de Luis y supongo que, pese a tanta soledad, estoy rodeada de poemas.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Conversaciones con la Musa.

 Maldita Musa, que vuelves y me llenas el pecho de palabras y te me atraviesas en las cuerdas vocales, y yo me pregunto si es que quieres hacerte un lazo en el pelo, vendarte los ojos o colgarte de mi boca y quedarte así, suspendida en mi garganta. Maldita seas tú y tu estampa, que dejas que me nazcan flores en las entrañas, que se recubran con pétalos estos órganos, pero mis labios siguen sellados. Ni contar la historia me dejas.
  Siento que me van a subir las letras hasta las pupilas, -me ahogo, Musa, ¿no te doy lástima?- y se van a acomodar en el prado de mis ojos y al menor descuido van a barrerlas mis pestañas y cómo las recupero si no puedo nombrarlas, si no puedo pedir auxilio ni correr a salvarlas.
Dime, Musa, háblame tú que no me tienes recorriéndote la sangre y acelerándote el pulso para nada. Explícame, Musa, por qué me das la inspiración y me robas los trazos, y se queda mi libreta tan triste y emborronada que parece cada tachón una ristra de lágrimas…

  Te escucho reírte mientras mi gata duerme.
  Te acercas altiva, me pides que me las gane, que me haga digna de nuevo de mis propias palabras y arrastras las sílabas como si fueran comienzo y no final, como un tambor de batalla. Y esta música -estos acordes tan desafinados- ya la hemos bailado antes, y tantas veces perdí el ritmo que comprendo que no me tiendas tu mano ahora, que te burles y busques el modo en que mis pies tropiezan antes del primer compás.

  Qué mal se nos da esta pista de baile que serpentea los límites de la verdad y la ficción, y cómo se nota, Musa mía, que el vicio siempre es más vicio en las manos de otro que en las mías cuando nos escribo.
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Suena: Sueños lentos, aviones veloces, IZAL.
Desde mi ventana: es de noche y el frío ha entrado ya, pero la Musa sonríe satisfecha desde el reflejo del cristal.

jueves, 12 de octubre de 2017

Crecer también era esto.

Ya no preguntan por mí en los bares y aquellos que cierro ahora lo hago casi por descuido. Tampoco cuento las copas a partir de la tercera o la cuarta, ni enarbolo a Schopenhauer cuando duele y a Sabina cuando quiero que duela. Podría decirse que he madurado, que me he reformado, que ya no hay rincones que huelan a tabaco ni a colonia de caballero. Por no haber, no hay folios, ni palabras en ellos, que a quienes eran humo y aroma se deban. Te diría una última vez, una última vez como siempre por estas fechas, que no sabes lo que me alegra tenerte tan lejos. Y aun siendo sincera, no sé a quién le estaría hablando: si al que fue el amor de mi vida o a quien ya peina canas.
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Suena: Recuerdo, Ismael Serrano.
Desde mi ventana: la oscuridad de una de esas noches en las que, sin saber cómo, hemos cerrado los bares. A veces pienso que, como en la canción, preguntaré y...