jueves, 15 de diciembre de 2016

Carta de amor

Amor mío, 
yo llegué a ti con las heridas del mundo
en los dos costados
y tanta sangre en las manos
que bien podría ser víctima o verdugo
y tú no hiciste preguntas.
Me invitaste a una cerveza
y me empeñé en brindar contigo
-quien ha estado al borde de sus precipicios
no tiene otra manera de contarlo
y los míos,
mis precipicios,
siempre fueron acantilados,
siempre tenían un mar rugiendo
y golpeando la roca,
como los vidrios cuando se entrechocan.

Amor mío,
yo que he medido
tantas veces sus alturas,
todavía sigo asomándome
para cerciorarme de las distancias,
por si me equivoco,
por si los olvido
o porque el culpable
tarde o temprano
regresa al lugar del crimen.
Que quien tiene los ojos viciados,
ve siempre lo que quiere ver
y los míos han llorado tanto
que les son ajenos los paisajes
sin gotas de rocío en cada una de sus flores;
incluso en las más hermosas,
precisamente en esas.
Nunca hubo tanta belleza exenta de dolor
como la primera vez
que amanecimos juntos:
el sol entrando por la ventana
y las sábanas tan blancas,
el pelo tan alborotado,
tu pecho desnudo
y yo con tu camisa de rayas,
como si se multiplicaran así
tus brazos y abrazos.
Y luego,
tus labios, la sonrisa,
la tranquilidad, el beso,
la sonrisa, los labios,
el beso, el beso, el beso...

Amor mío,
llegué a ti después de tantas casualidades
que cualquiera nos habría llamado destino,
pero qué tristeza pensar que todo estaba escrito
y que no era nuestra la firma,
por mucho que fueran
los mejores versos del mejor poeta.
Y es que,
aunque otras palabras
se me claven en las entrañas,
sabes que siempre preferiré
las que crecen entre estos dedos,
las que trotan en mis palmas
y se pierden en tu pelo;
esas mismas palmas
que tan sangrantes acogiste sin miedo.
Tú que me has visto reír
y llorar tirándole piedras
a ese abismo de rocas y sal.
Tú que sabes que si me asomo demasiado
el vértigo pasa de susto a seducción
y siempre tienes un beso a tiempo,
en la frente.
Tú que me has visto recomponer mis pedazos
y no lo olvidas,
y no dejas que yo lo olvide.
Tú al que llamo amor mío cuando escribo.

Y ahora
he olvidado cómo poner
el punto y final cuando hablo de ti,
pero no que hay te quieros afilados,
muy afilados,
que duermen eternos
entre los dientes
y otros, amor mío,
que van a parar a poemas como éste.

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Suena: la lluvia que se estrella con furia y fuerza contra mis cristales.
Desde mi ventana: las luces titilan y se desdibujan.

1 comentario:

  1. Que bueno que los versos inunden estas horas de paz y entre sueños, para acomodarnos al descanso del alma, que para el del cuerpo ya está la cama.

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Pasen y vean.